La teocracia en que vivimos.

Cualquier sacrificio que exijan nuestros dioses Economía y globalización se justifica per se por venir impuesto por «mandato divino»: ERE, ejecución de hipotecas, pérdida de derechos sociales y laborales que no acaban, imposición de leyes injustas, y un largo etcétera de desmanes, justificados como «sacrificios» a los nuevos dioses de la economía y globalización (Nuevas herramientas de reordenación socio-económica), que siempre quieren instalar las élites políticas y económicas del mundo, ya desde los Illuminati (1776), para poder dominar todo el orbe y esclavizar a las personas.

Todos estos grupos de poder, y otros cuyos nombres ni conocemos, configuran las decisiones políticas, geo-estratégicas, sociales, ideológicas, que rigen el mundo y  gobiernan a su antojo a cuantos en él vivimos.

¿Y no recuerda todo esto a una estructura tribal, propia de sociedades de la antigüedad en las que los miembros de la tribu servían ciegamente a los dioses de turno, que les venían impuestos por los sumos sacerdotes, para tener subyugados a sus congéneres?

Por supuesto, este panorama está muy lejos del siglo de las luces, de la democracia y de las libertades sociales que con tanto esfuerzo habíamos conquistado.

La democracia, tal y como la conocimos, se está diluyendo en medio de todo este mundo de luchas encarnizadas por lograr el poder más amplio posible. El mundo se está «desdemocratizando»  (vocablo usado por el historiador y politólogo Charles Tilly en su libro Democracy, 2007). El mundo está sufriendo su «desdemocratización»  a marchas forzadas, y no parece que haya nada que los ciudadanos de a pie podamos hacer para evitarlo: ¡por lo menos, eso nos quieren hacer ver los que detentan el poder!

Estos dioses Economía y Poder Mundial, los «sumos sacerdotes» a su servicio —los políticos—, «casta suprema socia»l, nos están haciendo retroceder a tiempos pretéritos, antes, en muchos aspectos, incluso, de los de la Edad Media.

El resultado previsible: un popurrí entre el feudalismo de la Edad Media y las sociedades antiguas. Algo que en muchas novelas y películas de ciencia ficción ya se aventura, como la conocida novela de George Orwell: 1984. Está surgiendo un mundo «distópico», como el relatado por Orwell, con una forma de pensar «unímoda», impuesta por la casta dominante para que sea un crimen punible, recogido por leyes injustas, tener una forma distinta de pesar o expresarse de forma diferente con libertad.

¡Pero aún estamos a tiempo!: no olvidemos que la política y la economía están al servicio de las personas, y no las personas al servicio de lo político.económico —al menos debería ser de este modo y, en teoría, puede volver a estarlo: «lo que hoy es, mañana puede dejar de ser»—.

Los políticos también han sido elegidos por la ciudadanía para servir al pueblo y no como «sumos sacerdotes» de los dioses de la Economía y del Nuevo Orden Mundial o como quiera llamársele a este desorden que reina en el mundo actualmente.

Recordemos también que a los que nos gobiernan, los hemos investido de poder político, es decir, con fecha de caducidad, para defender nuestros derechos ciudadanos, en contra de la economía y de la «neoglobalización», si hiciera falta, y no para defender egoístamente su parcela de poder, la de otros más grandes y su trozo del pastel.

Porque lo primero somos las personas. Y que «no somos los ciudadanos los que debemos temer a los gobiernos, sino los gobernantes  los que deberían temer a los ciudadanos»:

«Destrozar la autoestima de alguien es una manera fácil de dominarlo». En la película «La Historia Interminable» hay una frase que resulta muy esclarecedora sobre la falta de ilusión. Se la dice el lobo Gmork a Atreiu, antes de abalanzarse sobre el joven guerrero:

«Fantasía no tiene fronteras. De sueños y esperanzas de la humanidad, de eso está hecho Fantasía. Los hombres han comenzado a perder sus esperanzas y a olvidar sus sueños. Por eso la «Nada» avanza cada día más. La «Nada» es el vacío que queda como una desesperación ciega que destruye este mundo. […] Las personas que no tienen esperanza son fáciles de dominar y quien tiene el dominio tiene el poder».

No podemos permitir por más tiempo que subliminalmente, a golpe de decreto o de leyes injustas, nos vayan colando el discurso político por doquier de que lo que dicta la economía (como el dios Tezcatlipoca azteca del mundo al que se le ofrecía el corazón latiente de los esclavos en holocausto) es imprescindible llevarlo a cabo, cueste lo que cueste.

Esta es una forma horrible de trasponer el orden natural de las cosas y pasar por encima de las personas, dando la vuelta, por tanto a la escala de valores y poniendo a la política y la economía, como entes autónomos del pueblo, por encima del mismo.

El ciudadano, para lograr una mejor calidad de vida y ampliar sus derechos desarrolló a lo largo del tiempo unas estructuras políticas y económicas que le fueran útiles para sus fines últimos como persona, pero la economía se han vuelto un «ser animado autónomo», con su propia naturaleza independiente de todo control humano y sus propias leyes que le hacen crecer incontroladamente y que recuerda lo que ocurrión con al aprendiz de brujo, y que va en contra de su legítimo señor: «la persona».

Ahora las personas, en vez de beneficiarse de la economía, se ven aplastadas incomprensiblemente por el dios Tezcatlipoca de la economía y sus sumos sacerdotes los políticos. Las personas —ciudadanos—- hemos perdido las riendas del poder político, económico y social, y estamos en lo alto de la pirámide azteca guardando cola para que el sumo sacerdote de turno nos arranque el corazón y se lo ofrezca al dios Tezcatlipoca de la economía.

¿Vamos a seguir aguardando cola, resignadamente, hasta que nos toque el turno a nosotros y a nuestros hijos de que seamos ofrenda viva al dios economía y que el político —sumo sacerdote— nos arranque el corazón a nosotros y a nuestros hijos y seamos ofrenda económica?

Comprender la complejidad de la economía de mercado, sin la información veraz adecuada y con la formación del ciudadano medio es imposible. Se requieren muchos años de especialización para poder comprender el funcionamiento de las estructuras económicas.

El ciudadano no puede tener conocimientos en todas las materias, por ello delega en personas en las que confía para que administren sus impuestos y rijan el Estado. Por desgracia, estas personas han frustrado estrepitosamente la confianza que los ciudadanos hemos depositado en ellos, ya que el contrato social de los políticos era el de ocuparse de defender los derechos del ciudadano, a cambio de un sueldo digno. Sin embargo, todos sabemos lo que se ha hecho en realidad con ese poder que han recibido prestado del pueblo.

El estado democrático con sus estructuras de mercado actuales ha fracasado estrepitosamente. Los ciudadanos tenemos que tomar de nuevo las riendas y promover una «auditoría social» que remueva los cimientos políticos y económicos que nos gobiernan. Hay que darle la vuelta a las estructuras de poder y matar al sanguinario dios Tezcatlipoca, y poner de nuevo al ciudadano a la cabeza del Estado.

La nueva casta sacerdotal teocrática —los políticos—, se eleva a niveles celestiales de manera que no se puedan poner en duda sus designios, y se rodea de una aureola divina. De este modo es algo nuevo, históricamente hablando: los nuevos políticos participan de los rasgos de las trasnochadas aristocracias, de las castas sacerdotales precolombinas y de las sociedades primitivas.

Los poderes legislativo, ejecutivo y judicial (poderes del Estado de Derecho) dimanan del pueblo, y es el pueblo quien se los presta a determinadas personas para que, en representación del pueblo, los ejerzan. No pertenecen a los políticos ni a las castas que los ejercen. Son del pueblo, que se los puede retirar en cualquier momento, si considera que son mal utilizados. Esta es una idea que los políticos se están encargando con ahínco en arrancar de nuestras mentes.

Todos los dictadores siempre han pretendido que su autoridad, en última instancia, provenía de algún Dios, de modo que no pudiera ser contestada. ¿Durante cuántos siglos se han coronado reyes y emperadores en las catedrales «por la gracia de Dios»? Los faraones eran dioses en la tierra; Hitler se pretendió rodear de un aureola divina para justificar su autoridad, al igual que Mussolini y tantos otros dictadores.

La nueva casta política pretende apoyarse en un ente preternatural, que le revista de características divinas: la diosa economía. Estamos ante el nacimiento de una nueva teocracia.

Nace así  un nuevo tipo de aristocracia que no basa su poder ya en Dios, como hacía la que conocemos por los libros de historia, sino en el dios economía. La nueva casta política consiste en sacerdotes encargados de velar porque la llama de la libre economía de mercado luzca con el máximo esplendor posible, aunque el combustible sean las propias personas que integran la ciudadanía a la que los políticos han prometido servir.

El servicio al «dios economía», todo lo justifica, todo lo permite, todo lo perdona. De este modo, los políticos tienen carta blanca para deshacer cuantos logros sociales se hubieran conseguido anteriormente, si entorpecen el crecimiento económico; para realizar toda clase de atropellos a los derechos sociales y humanos, si es por el bien del «dios economía». Y así quedan todos sus pecados justificados. Y lo peor es que los ciudadanos, a fuerza de tanto oír la cantinela de que se hace esto o lo otro «por razones económicas», ya hemos llegado, incluso, a creer que éste es el único camino válido, si así lo precisa el dios de la economía. Pero el fin no justifica cualquier medio: hay y seguirá habiendo medios lícitos e ilícitos para lograr nuestros fines, digan lo que digan los políticos materialistas.

Todo sacrificio es poco, con tal de aplacar la sed de sangre del dios Tezcatlipoca mundial de la economía. Pero este dios es muy exigente, y no lograremos aplacarlo jamás, por más sacrificios humanos que hagan sus sacerdotes. Así, jamás podremos de nuevo descansar, por muchos hermanos nuestros que permitamos que se sacrifiquen. La pregunta es: ¿hasta cuándo va el pueblo a aguantar esta sangría humana?

Ramón Horn Ureña

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